Retratos de Mi Generación



Memorias entre Letras y Violencia,



Nací en 1967, el mismo año en que el mundo despedía al Che Guevara. Mi infancia transcurrió en Colombia en un vaivén geográfico entre el bullicio de Cali y la serenidad de Sevilla, un pueblo anclado en las montañas de los Andes. De la ciudad conservo apenas retazos, pero de mi pueblo guardo una nitidez que el tiempo no ha logrado borrar.

Soy parte de esa generación de niños latinoamericanos que descubrieron el mundo a través de la televisión, en una época donde un solo canal y diez horas de programación diaria bastaban para hipnotizarnos. Esa "caja mágica" fue, para bien o para mal, mi primera ventana al exterior; una ventana que a menudo deformaba la realidad, pero que se convirtió en mi principal escape cuando el silencio de la tarde se hacía largo.

Sin embargo, a los diez años, encontré un refugio menos tecnológico pero mucho más profundo: los libros.  Comencé con las historias de aventuras y los textos obligatorios del colegio. Mientras mis compañeros los detestaban por imposición, yo aprendí a disfrutarlos, encontrando en sus páginas una libertad que la televisión no podía ofrecerme.

Pero mi crecimiento no ocurrió en el vacío. Como dice la canción de Andrés Calamaro, "me tocó crecer viendo a mi alrededor paranoia y dolor". La historia de Colombia se escribía con el estruendo de disparos en la noche, ruidos que aprendí a reconocer desde mi casa en los años 1970s. Mientras mis amigos corrían a ver qué había pasado, yo me quedaba bajo el resguardo del consejo de mis padres: "no es bueno ir a ver, no son cosas agradables".

Crecí escuchando historias de desaparecidos y las crudas ironías del poder, como aquel "chiste" cruel de la época de Turbay sobre la autotortura de los detenidos. En mi adolescencia, la música puso banda sonora a esa contradicción: el rock en español de Ana y Jaime con "Décimo Grado" o Poligamia con su himno "Mi generación". Esa letra que mencionaba la toma del Palacio de Justicia y a Lucho Herrera coronándose campeón resumía perfectamente mi vida: un equilibrio entre la tragedia nacional y la gloria deportiva que veía en mi televisor mientras tomaba Chocolisto con mis comidas.


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