El regreso de la sombra


Columna de opinión

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En poco más de veinte días, un nuevo presidente se posesionará en Colombia. No es un relevo cualquiera: es la llegada de la ultraderecha más acérrima que he visto en mi vida, incluso más radical que el uribismo que ya conocimos. Lo que me estremece no es solo su triunfo, sino que más de diez millones de colombianos lo hayan votado y que hoy admiren sus ideas como si fueran la salvación. Pero yo las veo como lo que son: violentas, peligrosas y, sobre todo, posibles.


Porque él no ocultó su guión. En campaña habló de “destripar a la izquierda”. No fue una metáfora, fue una amenaza directa a todos los que pensamos distinto. Y ojo: en este país, “ser de izquierda” es un comodín despectivo para estigmatizar a cualquiera que no aplauda el statu quo. Yo me reconozco de izquierdas, pero sé que muchos de los que hoy son señalados ni siquiera militan en nada: son simples ciudadanos, pero que no comulgan con el fascismo que este señor predica. Y por eso mismo, ya se han vuelto su objetivo militar.

No me gusta decirlo, pero los hechos son tozudos. Su programa promete liquidar entre el 40% y el 50% del Estado: los recursos que se van a suprimir de la salud, la educación pública, el Sena, las universidades. los piensa invertir en defensa y en contratos público-privados para cárceles, en sostener al Ejército y, lo más grave, en impulsar “organizaciones ciudadanas” que huelen a los viejos paramilitares de las Convivir que patrocinó Álvaro Uribe. La historia se repite, pero con menos disfraces.

Entonces, ¿por qué tanta gente lo apoya? No encuentro otra explicación que un trabajo de manipulación profundo, efectivo y lleno de odio infundado. Muchos de sus seguidores votaron por impulso, cegados por una rabia que les inyectaron con propaganda, no con razones. Y ese odio, lejos de ser motivo de fiesta, es anuncio de funerales. No quiero que el fascismo triunfe en Colombia, aunque ya triunfó en las urnas. Pero triunfar en las urnas no le da derecho a destruir lo poco democrático que hemos construido.

Porque, seamos sinceros, Colombia nunca ha sido un paraíso democrático. Tuvimos una pequeña ventana para ensayar ideas liberales y socialdemócratas —que también son de derecha, pues defienden la empresa y el capitalismo—, pero para este nuevo presidente eso es comunismo, guerrilla, bandidaje. Para él, pensar diferente es delito. Y no un delito menor: un delito que merece ser castigado con la muerte, sin juicio, sin justicia, solo con la mano propia o con el paramilitarismo que ya asoma.

Uribe al menos decía que todo sería dentro del marco legal; este señor lo promete en público, sin tapujos. ¿Qué podemos esperar, entonces? Días tortuosos, complicados, polarizados hasta la violencia. Yo quisiera que esto no pase, que la cordura frene la locomotora del odio. Pero parece difícil.

Sin embargo, no me resigno. Quiero creer que todavía hay espacio para la resistencia civil, para la palabra, para la memoria de lo que nos costó lograr. Que el miedo no nos paralice, que la indignación se convierta en organización. Porque si algo nos enseñó la historia es que el fascismo se detiene cuando la gente dice “basta” y no cuando calla.

Ojalá que esos más de diez millones que votaron por él despierten a tiempo. Ojalá que el presidente electo entienda que gobernar no es destripar, sino tejer. Pero mientras tanto, preparémonos: lo que viene no es para aplaudir, es para defender la vida.

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