Yo estuve alli
Dicen que la realidad supera a la ficción, y si Gabo hubiera estado en esta cabina ese día, quizás habría encontrado el final para una novela que ni siquiera él se habría atrevido a soñar. Pero yo no soy escritor, solo soy una de las personas que en 2008, comandó una operación aérea. Mi misión era quirúrgica, aunque usáramos el bisturí más contundente del arsenal convencional.
Desde inteligencia nos habían alimentado con historias que rozaban lo fantástico. Nos hablaban de un grupo de terroristas que, escondidos en el lugar más inhóspito y olvidado del mundo, como es la selva amazónica, gozaban de tecnología que ya quisiera la NASA. Según los informes, agentes infiltrados les habían decomisado un saco con 50 kilogramos uranio 235 que estaban a punto de enriquecer para fabricar una bomba atómica, ahí, entre el barro y los mosquitos. Parece una locura, pero es positivo ¿verdad?. Los organismos de inteligencia, CIA, lnterpol y Mossad, nos insistían en que esas historias increíbles y ajenas a toda lógica eran ciertas.
Esa madrugada, nuestra propia inteligencia nos dio las coordenadas. El objetivo era un campamento enemigo, donde lo principal era dar de baja a uno de sus principales líderes. Durante lo que pareció una eternidad, lanzamos las bombas más potentes que teníamos, todo menos las nucleares ya que no se permitian. El mundo abajo se convirtió en un infierno de tierra y fuego. Cuando el humo se disipó, no quedaba nada. Casi todos murieron, incluido su jefe. Recuperamos un cuerpito carbonizado que era el del jefe y lo mostramos como un trofeo de guerra, la prueba irrefutable de nuestra victoria.
Pero fue entonces cuando la realidad empezó a doblar las esquinas de la ficción. Sobre los restos humeantes y los cuerpos calcinados e informes, intacto, como si lo hubiera protegido un conjuro, encontramos el computador más famoso del mundo durante esos días. Yo lo sostuve en mis manos. Junto a él, un Rolex que pude quedarmelo, quince mil dólares pudo costar, tenía un brillo dorado que resaltó entre las las cenizas. El reloj era un detalle mundano, sin embargo era una prueba legal y decidí entregarlo, el computador, un misterio. Decían que era tan sofisticado que ni siquiera nosotros podíamos comprenderlo, que su valor era incalculable porque, contra toda lógica física y balística, había sobrevivido intacto a mi bombardeo.
Interpol y las mejores agencias del mundo lo estudiaron y avalaron esa verdad mágica: el aparato era real y su información, verídica. Pero lo más fantástico de todo vino después. En Colombia, la Corte Suprema de Justicia, aferrándose dizque a la razón, desestimó esta prueba reina, cuya información hubiera hundido a políticos como el hoy candidato a presidente Iván Cepeda. Estas leguleyos dijeron que no era admisible como prueba licita. Sin embargo, ese mismo computador, ese artefacto que desafió leyes de la guerra, viajó al norte y allí, en mi país, sus secretos sí se consideraron verdad legal.
Así será, que se va a hacer, me dije. Colombia es un lugar donde un computador puede ser inmune a las bombas, pero no a la lógica de unos jueces; donde la prueba más sólida que vi con mis propios ojos se desvanece en el aire como un cuento de García Márquez. Yo solo fui el verdugo del cielo, el que apretó el gatillo en una historia tan increíble que, si la leyera en un periódico, pensaría que es pura ficción. Pero yo estuve allí. Yo lancé las bombas. Y vi la máquina resucitar de entre los muertos.
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