El amor en los tiempos del COVID 19

Una novela de ficción


Hoy es noviembre de 2065. Abro mi diario para releer lo que he escrito sobre los hechos que me marcaron durante la pandemia.


30 de noviembre de 2024


Para mí, el año 20 del siglo XXI fue un año de terror… muy parecido a como lo describe Poe en su cuento Sombra:


“Este año ha sido…

…un año de terror.”


Fue un año de terror y de sentimientos aún más hondos que el terror, sentimientos para los cuales no existe nombre sobre la tierra. Hubo prodigios y señales, y, en todas partes, se cernían las negras alas de la peste.

(Fragmento de “Sombra”, Edgar Allan Poe)


Cuatro años han transcurrido desde que Clara dejó de ser Clara, desde que la peste —esa entidad silenciosa y voraz— se llevó lo último que quedaba de ella. Hoy regresan a mi memoria mis últimos días a su lado, pero también aquellos días de ensueño, cuando todo era amor y felicidad.


Era el año 2015. Yo atravesaba el peor momento de mis problemas mentales: me habían diagnosticado trastorno límite de la personalidad tras una crisis severa, y luchaba contra una fuerte adicción al alcohol y a las drogas recreativas. Acababa de iniciar mi tratamiento ambulatorio después de pasar un mes hospitalizado en el pabellón psiquiátrico del Hospital Ramón y Cajal, en Madrid.


Aquel día acudí a una cita programada y, al llegar, encontré a una chica que me deslumbró. Sentí que la conocía, aunque no recordaba de dónde. Me senté frente a ella; hubo un flechazo inmediato y, de pronto, comenzamos a hablar como si lleváramos años compartiendo confidencias. A ella la llamaron primero. Al salir, escuché que anunciaban:


—El ingeniero Carlos García puede pasar.


Antes de entrar, le dije que quería seguir conversando; la charla me había encantado. Ella respondió que no podía esperar mucho por sus compromisos, pero me dio su número de teléfono. Así ocurrió. Y así empezó todo.


14 de marzo de 2020


Recuerdo que Clara y yo habíamos planeado un viaje a Cádiz para el verano, pero ya no parecía posible. También rememoro los días que pasamos juntos en Cartagena. Por fortuna, yo había aplazado para mayo un viaje que tenía programado el mes anterior a Cartagena de Indias, donde debía revisar el proyecto del nuevo centro de convenciones Arena del Caribe.


Le dije a mi jefe que era probable que cerraran las fronteras y que, de ocurrir, quedaría prácticamente atrapado en Colombia, algo que no deseaba. La empresa mostró cierta reticencia, pero finalmente llegamos a un acuerdo: si no se cerraban las fronteras, viajaría a finales de la primavera.


Ahora, mientras miro la televisión, veo que se ha publicado el Real Decreto 463, mediante el cual se anuncian el cierre de fronteras y las restricciones de movilidad en el Reino de España. Ya lo veíamos venir…


30 de diciembre de 2020


Ha pasado un mes desde la última vez que la visité. Hoy, por fin, puedo verla de nuevo. Salió del estado crítico, despertó, pero… sufrió una hemorragia cerebral después de vencer las infecciones que casi destruyeron sus pulmones.


El médico me explicó:


—La paciente tuvo una hemorragia severa que afectó los ganglios basales del hemisferio izquierdo. Ahora está en un estado casi vegetativo: necesitará una traqueotomía —respirar por un orificio en el cuello— por un tiempo indefinido, quizás de por vida. La alimentación será parenteral, aunque podría recuperar la capacidad de comer por sí misma. El accidente vascular paralizó su lado derecho y dañó el habla. La recuperación requerirá terapia, paciencia y dedicación. En este momento, el riesgo de muerte es bajo, pero lo que viene es largo y muy complicado.


Mis súplicas para que despertara surtieron efecto, pero… la Clara que emergió de aquel sueño de dos meses no era «mi coneja loca», como solía llamarla. Era un fantasma con su rostro. El derrame cerebral la había convertido en una criatura de mirada vidriosa, incapaz de recordar nuestros pactos de sangre ni el sabor de sus lágrimas en mi boca.


Hoy, al final de este año negro, sueño vívidamente con la primera vez que nos vimos, en 2015, en la sala de espera de un psiquiatra. Ella acababa de sobrevivir a una sobredosis de pastillas rojas; yo, a una noche de whisky y cuchillas. Aquella noche hicimos el amor como condenados: entre vendas, terrores nocturnos y promesas susurradas al borde del abismo.


Ahora nuestras enfermedades han vuelto a ganar. Yo soy un adicto en recuperación que sueña con recaer; ella, un cuerpo frágil que olvidó cómo sostenerme.


Sé que, en algún lugar de su cerebro dañado, la Clara verdadera aún grita por salir. Pero las sombras son más fuertes.


3 de diciembre de 2024


Hoy, el eco de Clara aún resuena en mi mente.


Han pasado cuatro años huyendo. La abandoné definitivamente después de aquella última visita en el fin de año del terror. Mi cabeza dañada no pudo cargar con el peso de sacarla adelante, como sí pudo su familia. Yo, entre tanto, estaba en la ruina: la pandemia había cerrado la constructora y me dejó sin trabajo.


Dejé Madrid y me escondí en Sevilla, una ciudad donde las farolas parecen ojos enfermos y nadie hace preguntas. El tiempo aquí se descompone como un cadáver en la humedad. Las semanas se derriten en meses; los meses, en años. Todo se pudre mientras espero un juicio que nunca llega.


Ella ya no me recuerda. O eso me repito, para consolarme.

¿Qué es peor?

¿El olvido absoluto o la sombra de nuestro pasado atrapada en su cerebro marchito?


Hoy, mientras escribo esto, la luna llena cuelga sobre los tejados como un ojo ciego, vigilante y ajeno. En la radio suena Noviembre sin ti. Lloro, y la nostalgia me embriaga como un licor barato. Quizá debería tomar el teléfono, marcar su número y decirle que lo siento.


Pero no lo haré. Porque en algún lugar de esta noche, el autobús de ALSA sigue avanzando por la A-4. Y en cada bache, en cada curva, el traqueteo insiste:

«Ya no hay vuelta atrás».


Otoño casi invierno, 1 de noviembre de 2030


Es un día lúgubre, como casi todos los noviembres que recuerdo. Estoy en Cádiz y nieva con fuerza. A pesar de ser una de las pocas ciudades primaverales y casi tropicales de Europa, este año el clima es severo. No sé desde cuándo no se veía tanta nieve en Cádiz… quizá desde la última era glacial, hace incontables años.


Estoy con Helena, en su apartamento. Aunque tengo mi casa en Sevilla, últimamente paso más tiempo aquí.


Las ciudades ya no envejecen; las personas sí.


Estoy en Madrid.

El Imperio Americano del Sur —oficialmente, la Mancomunidad Iberoamericana— acaba de aliarse con lo que queda del Reino Español. El rey abdicó hace tres años, cuando el parlamento declaró a España república democrática independiente.

(La primera república bananera de Europa, diría yo.)


De nuevo un noviembre negro. El frío se cuela en los huesos. La ciudad es un espejismo de neón y silencio. En el cielo, los drones vuelan sin hacer ruido; los androides que barren las calles sí lo hacen.

Y yo barro mis recuerdos con ayuda de AlinAI.


De nuevo un noviembre negro. El frío se cuela en los huesos; la ciudad es un espejismo de neón y silencio. En el cielo, los drones vuelan sin hacer ruido; sin embargo, los androides que barren las calles sí lo hacen. Y yo barro mis recuerdos con ayuda de AlinAI.


—Amor, tienes un 92% de probabilidades de depresión hoy —dijo la IA, con una voz cálida, casi humana, casi como la de mi gran amor, Clara… pero sin su imperfecta humanidad.

—¿Quieres que active los protocolos de bienestar?


—No —murmuré, mirando el holograma de una transmisión desde Cartagena de Indias, donde el presidente López daba un discurso.


Los recuerdos despertaron entonces, porque allí, en 2016, Clara y yo juramos nuestro amor eterno mientras huíamos de nuestros propios demonios.


La historia no se repite, pero rima. Era como regresar al siglo XVIII, cuando el Imperio Español alcanzó su mayor extensión. Solo que ahora la capital política ya no es Madrid sino Los Ángeles, y Cartagena de Indias se ha declarado capital cultural de la Mancomunidad.


La llamada

31 de Octubre de 2065

El café matutino se enfriaba entre mis manos cuando AlinAI interrumpió el silencio:


—Amor, prioridad inesperada: llamada desde Colombia. Remitente: Carlos López. ¿Atender o archivar?


Mis dedos se aferraron a la taza. Nadie me llamaba desde Colombia desde hacía… ¿cuánto?

Había enterrado esos recuerdos bajo capas de tiempo, dolor y silencio.


Recordé la vez que estuve en Cartagena y logré sobrevivir de milagro. Fue alrededor del año 2045, durante el asedio del Imperio Anglo contra el Imperio Hispano. Una repetición grotesca de las guerras del siglo XVIII. Aunque Cartagena resistió, el Imperio Hispano perdió la última guerra: Inglaterra se quedó con Andalucía y con todas las posesiones españolas fuera de la península. Cataluña se independizó con apoyo inglés y pasó a formar parte del Imperio Anglo.


—¿Qué me contestas? —replicó AlinAI.

—Atender —dije, aunque algo en mi pecho se encogió.


Mi vida, aunque me pese admitirlo, quedó ligada para siempre a esa ciudad. La odio con cada fibra de mi ser… o quizás, de tanto odiarla, terminé amándola.


El único recuerdo hermoso —y al mismo tiempo abrumador— que tengo de Cartagena fue aquel noviembre de 2016. Huyendo de la vida en la capital, apenas comenzábamos nuestra relación y nuestra vida juntos. Le dije a Clara:


—Amor, te tengo una sorpresa. Vamos una semana al mar. Este invierno está demasiado deprimente, ¿qué opinas?


Ella dijo que no: tenía mucho trabajo en el Hospital La Paz, apenas llevaba un mes como pediatra titular y una semana era demasiado tiempo. Pero al final aceptó.


Cuando estábamos en la terminal, me preguntó:


—¿A dónde vamos? Este es el terminal internacional. Pensé que íbamos al mar, pero quizá a Sevilla o Barcelona… ¿a dónde me llevas?


—Tranquila, amor. Vamos a Cartagena.


—Pero este es el muelle internacional.

—Sí, vamos a Cartagena… pero no a Cartagena, España, sino a Cartagena, Colombia.


Ella quiso negarse.

—No puedo viajar —me dijo—. Tengo bastantes problemas con mi familia. Mi padre es una figura pública en el Ministerio de Salud y por seguridad no debo ir a lugares peligrosos. Y Cartagena, Colombia… hasta donde sé, es una de las ciudades más peligrosas. Lo siento, Carlos, pero no puedo.


—Tranquila —le respondí—. No nos va a pasar nada. Nadie sabe que viajamos. Todas las ciudades son peligrosas; lo importante es no arriesgarse innecesariamente. Solo visitaremos lugares seguros. Nada va a pasarnos.


—Mi mamá me mata si sabe que voy a Cartagena de Indias… pero… bueno. Vamos.

—Tranquila —le dije—. Ella no se enterará.


El viaje resultó maravilloso. Allí, justamente allí, le di el anillo de compromiso. Un compromiso que nunca se concretó: siempre pospusimos la boda por problemas de pareja, y para 2020, después de que ella casi muriera por la peste, nos separamos sin haberla celebrado.


Otoño casi invierno, 1 de noviembre de 2065


Es un día lúgubre, como casi todos los noviembres que recuerdo. Estoy en Cádiz, y nieva con una furia que no corresponde a este rincón primaveral del sur. La ciudad —tropical, luminosa, casi anfibia— se ha vuelto un silencio blanco. No sé desde cuándo no caía tanta nieve en Cádiz; quizás desde la última era glacial, hace ya incontables siglos.


5 de noviembre de 2065


De nuevo en Madrid, si el frio en Cadiz es terrible, aqui es peor.


Siento que las ciudades ya no envejecen; sin embargo las personas sí envejecemos, trato de acordarme de mi vida aqui en la capital antes de los años de la peste, a pesar que  tenia muchos problemas y poco dinero, tuve una vida feliz, pienso que fui muy feliz hasta ese año, este año todo cambió para mi, todo lo que habia tenido hasta el momento lo perdía de un plumazo, mi prometedora carrera como ingeniero naval, mi gran amor y poco despues a mi madre.


Odio la politica pero es algo que no se puede ignorar en estos momentos, El Imperio Americano del Sur —la mal llamada Mancomunidad Iberoamericana (Antes de 1940 la mitad de los Estados Unidos)— acaba de sellar una alianza con lo que queda del antiguo Reino Español. El rey abdicó hace tres años, cuando el parlamento proclamó a España como una república democrática independiente.

(La primera república bananera de Europa, diría yo.)


De nuevo, un noviembre negro. El frío se cuela entre los huesos; la ciudad es un espejismo de neón y silencio. En el cielo, los drones se desplazan sin emitir un solo sonido; los androides que barren las calles, en cambio, sí hacen mucho ruido. Y yo barro mis propios restos de memoria con la ayuda de AlinAI.


—Amor, tienes un 92% de probabilidades de depresión hoy —murmura la IA, con una voz inquietantemente parecida a la de mi gran amor, Clara… pero sin su imperfecta humanidad.

—¿Quieres que active los protocolos de bienestar?


—No —respondo, sin apartar la mirada del holograma que transmite el discurso del presidente López desde Cartagena de Indias.


Y entonces mis recuerdos se abren como una herida vieja. Porque allí, en 2016, Clara y yo juramos un amor que creímos eterno, mientras huíamos —juntos y temblando— de nuestros respectivos abismos mentales.


La historia no se repite, pero rima. Parece el eco lejano del siglo XVIII, cuando el Imperio Español alcanzó su máxima extensión. Ahora, la capital política del nuevo mundo no es Madrid sino Los Ángeles, y Cartagena de Indias ha sido declarada capital cultural.


Es de noche. El presidente del Gobierno Hispano habla de paz y reconciliación histórica. De pronto, AlinAI proyecta una notificación cifrada: un archivo de voz rescatado de algún servidor pirata sobreviviente a la Gran Purga Digital del 40. El nombre del archivo es Clara_Velásquez_ÚltimoMensaje.wav.


Intento reproducirlo. Primero, solo estática…

Luego, un susurro quebrado:


—No puedo respirar… tengo que entregar el celular. Voy a entrar a la UCI y es posible que no salga de esto. Carlos… esta es mi despedida. Te amo…


La llamada


El café matutino se enfría entre mis manos cuando AlinAI rompe el silencio:


—Amor, prioridad inesperada: llamada desde Colombia. Remitente: Carlos López. ¿Atender o archivar?


Mis dedos se aferran a la taza.

Nadie me llamaba desde Colombia desde hacía… ¿cuánto?

Creí haber enterrado ese pasado bajo capas de tiempo, ruina y silencio.


Recuerdo Cartagena: sobreviviendo de milagro al asedio anglo-hispano del 2045, una réplica oscura de los conflictos del siglo XVIII. Hubo millones de muertos por la hambruna. Cartagena resistió, pero el Imperio Hispano perdió: Inglaterra se quedó con Andalucía y las posesiones exteriores; Cataluña se independizó bajo protección anglo y entró en la esfera de ese Imperio.


—¿Qué me contestas, amor? —insiste AlinAI.


—Atender —digo, aunque algo en mi pecho se contrae con violencia.


Mi vida, aunque yo no lo admita, quedó encadenada para siempre a esa ciudad. La odio con todos mis huesos… o quizá, de tanto odiarla, terminé amándola.


El único recuerdo luminoso que guardo de Cartagena —luminoso y abrumador a la vez— es aquel viaje en noviembre de 2016. Huíamos de Madrid, recién empezábamos nuestra vida juntos y Clara trabajaba como pediatra titular en el Hospital La Paz.


—Amor, te tengo una sorpresa —le dije entonces—. Vámonos una semana al mar. Este invierno está insoportable.


Ella se negó al inicio; tenía demasiado trabajo. Pero terminó aceptando.

En la terminal internacional, me miró confundida:


—¿Para dónde vamos? ¿Sevilla? ¿Barcelona?, Amor este es el muelle internacional…


—Tranquila, amor —respondí—. Vamos a Cartagena.


—¿A Cartagena… Colombia? Carlos, no puedo. Mi familia… mi padre… es un lugar peligroso, no debería…


— Tranquila Clara, no nos pasará nada. Nadie sabe que viajamos. Y todas las ciudades son peligrosas si uno va solo. Nosotros iremos juntos.


Clara suspiró, vencida por una mezcla de miedo y deseo.


—Mi mamá me mata si sabe que voy a Cartagena de Indias…


—No se va a enterar —le dije, sonriendo.


Y fue allí —en esa ciudad que me marcó para siempre— donde le di el anillo de compromiso. Un compromiso que nunca llegamos a sellar. Aplazamos la boda una y otra vez, entre discusiones, crisis y reconciliaciones.


Y cuando en 2020 la peste casi la mata… nosotros también morimos.

Separados.

Sin boda.

Sin final feliz.


Solo con una historia suspendida, como un eco que aún duele.

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